Una carrera impersonal

Un corredor de relevos sabe que su trabajo para el equipo está a punto de finalizar cuando, por fin,  logra ver de cerca la mano de su compañero, extendida, temblando con impaciencia. Su camiseta mojada se vuelve incómoda y sus pasos cada vez más pesados y lentos. Las escenas que pasan por su mente tratan de menguar su cansancio, mientras, desea librarse a toda costa la pieza que le genera una tarea titánica. Pero que el tiempo no pase. Logra entregar el preciado, simbólicamente, metal, testigo, testigo, testigo de su misión desde el temprano entusiasmo hasta el débil crepúsculo; La gente en el estadio traslada sus alaridos al nuevo corredor, quien ahora corre a una velocidad incomparablemente mayor a la de su predecesor. Todas sus fuerzas han sido drenadas y transferidas a un compañero cuyo desempeño realmente es incierto, pero que, por una u otra razón, forma parte del mismo equipo que el suyo. Lamentablemente para el corredor, la carrera no puede ser finalizada por él y para él mismo.

Con las manos en las rodillas y el sudor chorreando sus sienes, el corredor observa a su compañero desvanecerse entre un murmullo indecible.

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