El intercambio

Si pudiera ser un conejo holandés, joven, ágil, en una abundante pradera templada con matorrales que se elevan hasta donde mi limitada visión no alcanzase, brincaría con todas mis fuerzas, suspendería mi cuerpo en el aire, caería con sutileza sobre mis patas plateadas, buscaría a mi madre, quien yacería en su madriguera, quieta y serena, esperando una pizca de aire en su nariz inquieta, giraría en torno a mí mismo con movimientos vivos, juntaría sus orejas caídas con las mías, su cuerpo tibio con el mío; desgastaría mis dientes en la madera tierna viviente; reuniría a mis compañeros, innumerables, como un puño formado de muchas pieles saldríamos a recorrer la pradera, a buscar sin saber que buscar, a los rebaños que marchan, las aves chirriantes y las nubes lejanas.

Recorrer una pradera de este modo es gratificante, cuando se tiene la vista apropiada para cambiar al ángulo más conveniente según la situación. Es decir, con la posesión y vibraciones de veinte dedos bien articulados.

Lo cierto es que ninguna serpiente astuta clavará sus colmillos en el vientre de alguno de mis compañeros. Esta noche podría cerrar los ojos si me apeteciera dormir.

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